miércoles, 27 de julio de 2022

LOS COMIENZOS DE LA BÚSQUEDA

La hija de Tiressias-Félix Labisse
Hace ya muchísimos años, tantos, que no quiero pararme a contarlos para evitar  sufrir el vértigo de la fugacidad del tiempo, de lo corta que es la vida y lo rápido que se agota, viviendo en México, unos estadounidenses  con los que trabajaba en un proyecto Arqueológico, empezaron a hablar de sus orígenes europeos: todos sabían perfectamente que sus familiares habían venido de Alemania, Polonia o Noruega. Cuando llegó mi turno, lo único que pude decirles es que mi familia, hasta donde yo sabía,  era española. Me miraron  algo sorprendidos, no sé si por encontrarse a alguien cuyos antepasados procedían exclusivamente de un país desde el principio de los tiempos o por toparse con una chica que no tenía ni idea de cual era su verdadero origen y que, hasta ese momento, ni siquiera se lo había planteado.

La verdad que me quedé confusa con mi respuesta, sentí algo parecido a un vacío. ¿Qué quería decir con que toda mis familia era española? ¿a qué momento cronológico de la Península Ibérica, me tenía que remontar para poder hablar de mis orígenes?.
 
Rápidamente entendí que el concepto del tiempo es diferente para un Europeo que para un estadounidense blanco.  El país que crearon, sobre la sangre y lo huesos de los nativos americanos, es infinitamente más joven que la vieja Europa, no hace tanto que estaban aún montando a caballo, con un revólver en la cintura, por eso les es muy fácil  tener recuerdos heredados de unas cuantas generaciones, construir un árbol genealógico, saber cual es su procedencia, aunque mucho me temo que se contentan con abarcar 300 o 400 años atrás.
 
Sin embargo, cuánto daría por, en mi caso, poder remontarme tan atrás en mi línea familiar : como ya he dicho, han pasado muchos años, y ese vacío se ha ido haciendo más amplio, aumentado por el hecho de que en mi familia, por ambas ramas, hay secretos, lagunas y silencios que desgraciadamente nunca llegaré a desentrañar porque los que podían haber hablado nunca lo hicieron y ya no están conmigo. No puedo remontarme más allá de mis bisabuelos por el lado paterno y por el materno sólo conocí, muy poco,  a mi abuelo y  que mi abuela se llamaba Lázara, muerta cuando mi madre era  sólo una niña de seis años y que poco después llegó la terrible Guerra Civil, creando  nuevas heridas... Pero eso ya es otra historia, aunque no menos dolorosa.

Y ahí me quedo, sintiendo que me faltan raíces, que apenas estoy anclada en la vida por un hilo frágil, que mi identidad es borrosa y difusa, como si la viera  través de un velo. Por eso, quizás en un  extraño acto de compensación del que acabo de darme cuenta al escribir estas líneas,   y gracias a pertenecer a la asociación Templo de la Diosa en Madrid, donde se busca recuperar el culto de la Diosa Madre en la Península,  llevo unos años leyendo, investigando, sobre las culturas nativas  prerromanas y más  concretamente, sobre sus creencias.  Recuperando el inconsciente colectivo,  los arquetipos sagrados de nuestros antepasados, de alguna manera, intento llenar ese espacio en blanco que, paradójicamente, tanto me pesa. Mis huesos saben  que mi linaje es amplio y antiguo, que hay sangre, dolor, sufrimiento, pero también sabiduría y amor, solidaridad y resistencia. Conociendo las culturas de estas tierras, las Diosas y los Dioses en cuyo honor  decoraron cuevas, erigieron templos y altares, antes de que el cristianismo hiciera su aparición con su implacable apisonadora, de alguna manera, me permite entender y atisbar un poco lo que soy,  saber qué  piedras forman mis cimientos, de qué material estoy hecha.

En este blog pretendo seguir el Rastro de la Serpiente, porque yo soy su hija.  Siento su llamada desde el fondo de las cuevas,  desde los templos de Creta y Malta,  desde las arenas abrasadoras del desierto.

Os invito a acompañarme en el camino.
Alseide de Iberia 

 

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