domingo, 6 de noviembre de 2022

..Y ENTONCES CREAMOS A LOS DIOSES

El ser humano, para su desgracia, ha pasado gran parte de su existencia intentado negar su naturaleza animal, diferenciándose del resto de los seres que habitan este planeta mediante todos los medios posibles a su alcance.  Sin embargo, nosotros, una especie animal más del vasto mosaico de seres que poblaron y pueblan la Tierra, somos solamente primates evolucionados, autoproclamados reyes de la creación, título difundido a bombo y platillo por algunas religiones  androcéntricas hechas a nuestra medida, como el cristianismo, con unas implicaciones nefastas y dañinas no sólo para el resto de los habitantes no humanos de este planeta, si no para nosotros mismos.

Tradicionalmente, nos gusta diferenciarnos de las otras especies por estar dotados, supuestamente,  de raciocinio , lo que nos ha permitido, y esto es una realidad, medrar gracias a la adaptabilidad proporcionada por la cultura,  propagándonos por casi todos los ecosistemas del planeta, a pesar de carecer  de   las adaptaciones naturales, anatómicas y biológicas, que el resto de los animales tiene para sobrevivir en la naturaleza sin ayudas artificiales: un oso polar no necesita más abrigo que su piel para sobrevivir en el Ártico, un conejo no necesita más herramientas para lograr sus alimentos que sus incisivos y sus patas para escarbar… Sin embargo, el ser humano, en su aspecto meramente animal, poco podría hacer si se le abandonara, desnudo, en mitad de la naturaleza: tendría que buscar algo con lo  que cubrir un cuerpo sin pelaje, para no morir de frío, su falta de garras y dientes apropiados le  obligarían a fabricar utensilios para poder conseguir alimentos y luego procesarlos y hacerlos aptos para su consumo y sobre todo, tendría que buscar el amparo y la protección del grupo para aumentar sus probabilidades de supervivencia. Como cuenta mi adorado Desmond Morris en su maravilloso e imprescindible libro “el Mono desnudo”, somos la especie más vulnerable y con la infancia más larga del mundo animal. Sin embargo, esta aparente desventaja, a la larga, es la clave del éxito de la especie humana:  la capacidad de aprendizaje durante los primeros años de la vida, permite que el individuo integre los aspectos culturales necesarios para vivir  en un ecosistema determinado del que extraer los recursos y  aspectos menos tangibles, aunque fundamentales, como son los sistemas de creencias, que construyen la identidad individual y grupal , convirtiéndose en un legado inmaterial que se transmite a las generaciones venideras, garantizando su supervivencia y a veces facilitando su difusión a otros territorios y a nuevos contextos.

Desmond Morris

Una vez que entendemos, de manera muy superficial, cómo el alumno menos biológicamente dotado de la clase ha sido, paradójicamente, capaz de multiplicarse de manera exponencial y hacer suyo el planeta, surge otra de las principales características que le definen: su miedo a la muerte y a su consiguiente desaparición como individuo.

Cuando a los animales les llega el final de su ciclo vital, con la sabiduría que les da su conexión directa con la Naturaleza, simplemente, se dejan ir, sin más pretensiones, son conscientes, al igual que el ser humano, que ha llegado el momento de morir. Sin embargo, ¿qué hacemos nosotros?... nos resistimos con uñas y dientes, nos aterra desaparecer, dejar de existir, y sobre todo, que el olvido borre nuestra identidad, como si nuestra triste existencia tuviera más relevancia que la de una mariposa monarca o una lombriz de tierra dentro del cosmos infinito.

Para ello, y aquí es donde quería llegar desde el principio, echamos mano de otra de nuestras habilidades innatas: la capacidad de mentir, o dicho en bonito, de fabular.

Nunca seremos capaces de saber en qué momento surgió la chispa creativa que permitió al primer ser humano dar una explicación factible a algún evento imprevisto, fuera de  su control y capacidad de raciocinio. Podría haber sido, por ejemplo, presenciar como un rayo caía sobre la cabeza de un pariente, dejándole frito en el acto. Este evento trágico y aleatorio le dejaría sumido en la confusión, la impotencia y el terror. Tendría que procesarse de tal manera que tuviera un significado y respondiera a las preguntas tales como “¿por qué a él y no a mí?”  “¿de dónde ha surgido ese rayo?” “¿qué puedo hacer para que no me ocurra a mí?” “¿a dónde ha ido mi primo?” “¿solo tenemos esta vida?”.

Sin embargo, tampoco es necesario instalarse en el drama para intentar entender cómo surge el pensamiento mágico: la mera observación de la naturaleza en su ciclo estacional, de la sucesión ininterrumpida de vida, muerte y renacimiento o maravillarse con  los  espectaculares cielos nocturnos antes de que la contaminación lumínica aniquilara el brillo de las estrellas, en definitiva  ser testigos del misterio de la vida,  probablemente despertó  la necesidad de comprender quienes somos y cual es nuestro lugar en ese bello pero inabarcable mundo.

Y así empezó todo, buscando respuestas ante el aparente caos de la existencia, para hacernos sentir más seguros y menos insignificantes, buscando un lugar de pertenencia que el resto de los animales no necesitan, porque ellos nunca olvidaron su conexión con la Tierra, porque sus corazones laten al unísono del de la Madre Naturaleza.

Los chamanes, los brujos, las sacerdotisas, los sacerdotes, los rabinos, los imanes, los brahmanes, los clérigos, los telepredicadores, los gurús, los clarividentes, los profesores de yoga y poniéndome moderna, hasta los youtubers y tiktokers… Todos ellos llegaron para calmar nuestras inquietudes, nuestras inseguridades, llenar el vacío existencial de sabernos fugaces y frágiles, espantar el miedo nocturno de cuando no puedes conciliar el sueño y recuerdas con un escalofrío, hecho un ovillo en la cama, que tu vida tiene fecha de caducidad.

En los comienzos, los objetos de la veneración humana eran accesibles para todo el mundo, la mayoría procedente del mundo natural: el fuego, las aguas, las montañas, los árboles centenarios, animales míticos identificados con los clanes… Todo tenía un alma, una magia con la que se podía establecer un diálogo directo mediante rituales, personales o grupales.

Carl Jung

Posteriormente, estas fuerza naturales fueron antropomorfizadas, porque de alguna manera, es más fácil adorar lo que nos es más conocido y familiar, con lo que podemos identificarnos: así, surgieron las mitologías de Dioses y  Diosas, con atributos definidos, a veces con nombres conocidos por todos , a veces con nombres impronunciables. Seres divinos, benévolos o terribles, que caminaban sobre la tierra o habitaban los cielos o la profundidad de las cuevas o el fondo de los océanos,  a los que se les imploraba bienestar, abundancia, salud…En este momento, en el que creamos un cuerpo de mitos, unas diosas y unos dioses que se preocupan por nosotros, es cuando ellos comienzan a existir.

Los sacrificios, las ofrendas, las lucernas ardiendo en su honor, las plegarias, los cantos, el humo del incienso, el sonido de los tambores, las pinturas rupestres, las estatuillas de arcilla, las esculturas en piedra, los símbolos grabados en las rocas, todo ello contribuyó  como el bueno de Jung explicó a crear arquetipos,  que con el tiempo,  acabaron cobrando existencia como egregores gracias al combustible de las oraciones y la devoción. Esta argumentación podría parecer fantástica si los avances en el campo de la física cuántica no nos dieran la razón… El poder del observador condiciona los resultados… Por eso, los dioses nacen de nuestra necesidad de ser protegidos y ellos, a su vez, nos necesitan a nosotros, en una relación simbiótica… Ya lo explica de manera clarividente, Neil Gaiman, en su muy recomendable novela “American Gods”. Muchas veces la ficción, de alguna manera, se convierte de manera involuntaria, en una ventana a uno de los múltiples universos que coexisten de manera simultánea, donde todas las posibilidades son realidad…Y si no que le pregunten a Julio Verne o a George Orwell, incluso a los Simpson.

Los Simpson profetizando
el futuro

Si hay algún lector o lectora (¡agradecida por tu interés¡) que se esté preguntando cuándo voy a empezar de hablar sobre lo que prometí en el preámbulo, tengo que decirte, que mi intención era que fuera en esta publicación… Pero mi caótica cabeza me llevó por otros rumbos. Prometo que será en la próxima… Palabra de la Hija de la Serpiente.

miércoles, 27 de julio de 2022

LOS COMIENZOS DE LA BÚSQUEDA

La hija de Tiressias-Félix Labisse
Hace ya muchísimos años, tantos, que no quiero pararme a contarlos para evitar  sufrir el vértigo de la fugacidad del tiempo, de lo corta que es la vida y lo rápido que se agota, viviendo en México, unos estadounidenses  con los que trabajaba en un proyecto Arqueológico, empezaron a hablar de sus orígenes europeos: todos sabían perfectamente que sus familiares habían venido de Alemania, Polonia o Noruega. Cuando llegó mi turno, lo único que pude decirles es que mi familia, hasta donde yo sabía,  era española. Me miraron  algo sorprendidos, no sé si por encontrarse a alguien cuyos antepasados procedían exclusivamente de un país desde el principio de los tiempos o por toparse con una chica que no tenía ni idea de cual era su verdadero origen y que, hasta ese momento, ni siquiera se lo había planteado.

La verdad que me quedé confusa con mi respuesta, sentí algo parecido a un vacío. ¿Qué quería decir con que toda mis familia era española? ¿a qué momento cronológico de la Península Ibérica, me tenía que remontar para poder hablar de mis orígenes?.
 
Rápidamente entendí que el concepto del tiempo es diferente para un Europeo que para un estadounidense blanco.  El país que crearon, sobre la sangre y lo huesos de los nativos americanos, es infinitamente más joven que la vieja Europa, no hace tanto que estaban aún montando a caballo, con un revólver en la cintura, por eso les es muy fácil  tener recuerdos heredados de unas cuantas generaciones, construir un árbol genealógico, saber cual es su procedencia, aunque mucho me temo que se contentan con abarcar 300 o 400 años atrás.
 
Sin embargo, cuánto daría por, en mi caso, poder remontarme tan atrás en mi línea familiar : como ya he dicho, han pasado muchos años, y ese vacío se ha ido haciendo más amplio, aumentado por el hecho de que en mi familia, por ambas ramas, hay secretos, lagunas y silencios que desgraciadamente nunca llegaré a desentrañar porque los que podían haber hablado nunca lo hicieron y ya no están conmigo. No puedo remontarme más allá de mis bisabuelos por el lado paterno y por el materno sólo conocí, muy poco,  a mi abuelo y  que mi abuela se llamaba Lázara, muerta cuando mi madre era  sólo una niña de seis años y que poco después llegó la terrible Guerra Civil, creando  nuevas heridas... Pero eso ya es otra historia, aunque no menos dolorosa.

Y ahí me quedo, sintiendo que me faltan raíces, que apenas estoy anclada en la vida por un hilo frágil, que mi identidad es borrosa y difusa, como si la viera  través de un velo. Por eso, quizás en un  extraño acto de compensación del que acabo de darme cuenta al escribir estas líneas,   y gracias a pertenecer a la asociación Templo de la Diosa en Madrid, donde se busca recuperar el culto de la Diosa Madre en la Península,  llevo unos años leyendo, investigando, sobre las culturas nativas  prerromanas y más  concretamente, sobre sus creencias.  Recuperando el inconsciente colectivo,  los arquetipos sagrados de nuestros antepasados, de alguna manera, intento llenar ese espacio en blanco que, paradójicamente, tanto me pesa. Mis huesos saben  que mi linaje es amplio y antiguo, que hay sangre, dolor, sufrimiento, pero también sabiduría y amor, solidaridad y resistencia. Conociendo las culturas de estas tierras, las Diosas y los Dioses en cuyo honor  decoraron cuevas, erigieron templos y altares, antes de que el cristianismo hiciera su aparición con su implacable apisonadora, de alguna manera, me permite entender y atisbar un poco lo que soy,  saber qué  piedras forman mis cimientos, de qué material estoy hecha.

En este blog pretendo seguir el Rastro de la Serpiente, porque yo soy su hija.  Siento su llamada desde el fondo de las cuevas,  desde los templos de Creta y Malta,  desde las arenas abrasadoras del desierto.

Os invito a acompañarme en el camino.
Alseide de Iberia 

 

..Y ENTONCES CREAMOS A LOS DIOSES

El ser humano, para su desgracia, ha pasado gran parte de su existencia intentado negar su naturaleza animal, diferenciándose del resto de l...