El ser humano, para su desgracia, ha pasado gran parte de su existencia intentado negar su naturaleza animal, diferenciándose del resto de los seres que habitan este planeta mediante todos los medios posibles a su alcance. Sin embargo, nosotros, una especie animal más del vasto mosaico de seres que poblaron y pueblan la Tierra, somos solamente primates evolucionados, autoproclamados reyes de la creación, título difundido a bombo y platillo por algunas religiones androcéntricas hechas a nuestra medida, como el cristianismo, con unas implicaciones nefastas y dañinas no sólo para el resto de los habitantes no humanos de este planeta, si no para nosotros mismos.
Tradicionalmente, nos gusta
diferenciarnos de las otras especies por estar dotados, supuestamente, de raciocinio , lo que nos ha permitido, y
esto es una realidad, medrar gracias a la adaptabilidad proporcionada por la
cultura, propagándonos por casi todos los
ecosistemas del planeta, a pesar de carecer
de las adaptaciones naturales, anatómicas y
biológicas, que el resto de los animales tiene para sobrevivir en la
naturaleza sin ayudas artificiales: un oso polar no necesita más abrigo que su
piel para sobrevivir en el Ártico, un conejo no necesita más herramientas para
lograr sus alimentos que sus incisivos y sus patas para escarbar… Sin embargo,
el ser humano, en su aspecto meramente animal, poco podría hacer si se le
abandonara, desnudo, en mitad de la naturaleza: tendría que buscar algo con lo que cubrir un cuerpo sin pelaje, para no morir de frío, su falta de garras y dientes apropiados le obligarían a fabricar utensilios para
poder conseguir alimentos y luego procesarlos y hacerlos aptos para su
consumo y sobre todo, tendría que buscar el amparo y la protección del grupo para
aumentar sus probabilidades de supervivencia. Como cuenta mi adorado Desmond Morris en su
maravilloso e imprescindible libro “el Mono desnudo”, somos la especie más
vulnerable y con la infancia más larga del mundo animal. Sin embargo, esta
aparente desventaja, a la larga, es la clave del éxito de la especie
humana: la capacidad de aprendizaje
durante los primeros años de la vida, permite que el individuo integre los aspectos
culturales necesarios para vivir en un
ecosistema determinado del que extraer los recursos y aspectos menos tangibles, aunque fundamentales,
como son los sistemas de creencias, que construyen la identidad individual y
grupal , convirtiéndose en un legado inmaterial que se transmite a las
generaciones venideras, garantizando su supervivencia y a veces facilitando su
difusión a otros territorios y a nuevos contextos.
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| Desmond Morris |
Una vez que entendemos, de manera muy superficial, cómo el alumno menos biológicamente dotado de la clase ha sido, paradójicamente, capaz de multiplicarse de manera exponencial y hacer suyo el planeta, surge otra de las principales características que le definen: su miedo a la muerte y a su consiguiente desaparición como individuo.
Cuando a los animales les llega
el final de su ciclo vital, con la sabiduría que les da su conexión directa con
la Naturaleza, simplemente, se dejan ir, sin más pretensiones, son conscientes,
al igual que el ser humano, que ha llegado el momento de morir. Sin embargo, ¿qué
hacemos nosotros?... nos resistimos con uñas y dientes, nos aterra desaparecer,
dejar de existir, y sobre todo, que el olvido borre nuestra identidad, como si
nuestra triste existencia tuviera más relevancia que la de una mariposa monarca
o una lombriz de tierra dentro del cosmos infinito.
Para ello, y aquí es donde quería
llegar desde el principio, echamos mano de otra de nuestras habilidades
innatas: la capacidad de mentir, o dicho en bonito, de fabular.
Nunca seremos capaces de saber en qué momento
surgió la chispa creativa que permitió al primer ser humano dar una explicación
factible a algún evento imprevisto, fuera de
su control y capacidad de raciocinio. Podría haber sido, por ejemplo,
presenciar como un rayo caía sobre la cabeza de un pariente, dejándole frito en
el acto. Este evento trágico y aleatorio le dejaría sumido en la confusión,
la impotencia y el terror. Tendría que procesarse de tal manera que tuviera un
significado y respondiera a las preguntas tales como “¿por qué a él y no a mí?” “¿de dónde ha
surgido ese rayo?” “¿qué puedo hacer para que no me ocurra a mí?” “¿a dónde ha
ido mi primo?” “¿solo tenemos esta vida?”.
Sin embargo, tampoco es necesario
instalarse en el drama para intentar entender cómo surge el pensamiento mágico:
la mera observación de la naturaleza en
su ciclo estacional, de la sucesión ininterrumpida de vida, muerte y
renacimiento o maravillarse con los espectaculares cielos nocturnos antes de que
la contaminación lumínica aniquilara el brillo de las estrellas, en definitiva ser testigos del misterio de la vida, probablemente despertó la necesidad de comprender quienes somos y cual es nuestro lugar en ese bello pero inabarcable mundo.
Y así empezó todo, buscando
respuestas ante el aparente caos de la existencia, para hacernos sentir más
seguros y menos insignificantes, buscando un lugar de pertenencia que el resto
de los animales no necesitan, porque ellos nunca olvidaron su conexión con la
Tierra, porque sus corazones laten al unísono del de la Madre Naturaleza.
Los chamanes, los brujos, las
sacerdotisas, los sacerdotes, los rabinos, los imanes, los brahmanes, los
clérigos, los telepredicadores, los gurús, los clarividentes, los profesores de yoga y poniéndome moderna, hasta los youtubers y tiktokers… Todos ellos llegaron para calmar
nuestras inquietudes, nuestras inseguridades, llenar el vacío existencial de
sabernos fugaces y frágiles, espantar el miedo nocturno de cuando no puedes
conciliar el sueño y recuerdas con un escalofrío, hecho un ovillo en la cama,
que tu vida tiene fecha de caducidad.
En los comienzos, los objetos de
la veneración humana eran accesibles para todo el mundo, la mayoría procedente
del mundo natural: el fuego, las aguas, las montañas, los árboles centenarios,
animales míticos identificados con los clanes… Todo tenía un alma, una magia
con la que se podía establecer un diálogo directo mediante rituales, personales
o grupales.
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| Carl Jung |
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| Los Simpson profetizando el futuro |
Si hay algún lector o lectora (¡agradecida por tu interés¡) que se esté preguntando cuándo voy a empezar de hablar sobre lo que prometí en el preámbulo, tengo que decirte, que mi intención era que fuera en esta publicación… Pero mi caótica cabeza me llevó por otros rumbos. Prometo que será en la próxima… Palabra de la Hija de la Serpiente.



